¿Quien puede matar a un niño?

Cuando Narciso Ibáñez Serrador encarga la B. S. O. de La residencia a Waldo de los Ríos, el director da la oportunidad al compositor de mostrar su potencial creativo más trascendente. Quedan atrás los años del Waldo de los Ríos ye-yé (cuya perfecta síntesis pudiera hallarse en el soberbio tema principal de A 45 revoluciones por minuto) y se abre ante el músico la posibilidad de dar a conocer su rostro más cultivado y profundo. Nadie que haya visto la primera película de Ibáñez Serrador podrá olvidar jamás el turbador efecto distorsionador producido por aquel piano desafinado en contacto con las claustrofóbicas imágenes de la película. Ahí está ya, aunque muy germinalmente, el Waldo de los Ríos de ¿Quién puede matar a un niño?, un Waldo de los Ríos que se aparta diametralmente del adaptador de música clásica o del celebérrimo intérprete de easy-listening, muy popular por sus diversos volúmenes de El sonido de… (discos en los cuales el compositor arreglaba para un público adulto y desde una sobria perspectiva orquestal melodías muy diversas: desde las canciones tradicionales hispanoamericanas de siempre al Je t’aime moi non plus de Gainsbourg). Es una época, la de primeros de los 70, en la que se produce un cambio drástico en la música de cine española. Los compositores más audaces de la llamada música contemporánea (como Carmelo Bernaola o Luis de Pablo) habían ilustrado ya sonoramente las películas del cine local más revulsivo y hasta adalides del pop orquestal del cine de consumo de los 60 (como Antón García Abril, autor de las fantásticas y divertidísimas bandas sonoras de Sor Citroën o El turismo es un gran invento), introducen músicas más agrias y atrevidas en sus encargos más recientes (El abuelo tiene un plan). De este modo, gracias a Narciso Ibáñez Serrador y a la especial coyuntura cultural, Waldo de los Ríos tiene oportunidad de poner música al miedo como pocas veces se haya hecho en la historia universal del género cinematográfico de terror.En ¿Quién puede matar a un niño?, Waldo de los Ríos se sirve de las risas de esos niños y de su triste cántico -¡genial ocurrencia!- para sembrar la inquietud, de igual manera que en La residencia era el antes mencionado piano desafinado el elemento intranquilizador. Pero, además, Waldo nos enseña una perspectiva completamente nueva de su arte. Todos conocíamos al autor de hermosas canciones magistralmente arregladas (presente aquí, en la preciosa y muy bacharachiana Evelyn) pero nadie, salvo Narciso Ibáñez Serrador, sabía de la existencia del Waldo de los Ríos dueño de todos los secretos de la composición vanguardista. En ¿Quién puede matar a un niño? están presentes los nuevos aires de creación que se respiraban en Centroeuropa, Estados Unidos, Francia o Polonia (la nueva música que escandalizaba al mundo en los Cursos de Darmstadt), concentrados en esas angustiosas masas sonoras que se desplazan tortuosamente y crecen progresivamente en intensidad dramática, en la utilización de los efectos propios del mejor arsenal orquestal moderno (clusters, glissandos, electroacústica, etc.) y en un conocimiento del terror humano revelador. Con ¿Quién puede matar a un niño?, su segunda película, Narciso Ibáñez Serrador se despide del cine y con ésta, Waldo de los Ríos compone su mejor música. Dos absolutas obras maestras, en fin, en una sola. Carlo Coupé